La esperanza para una nueva Turquía

En contra de lo que anticipaban todas las encuestas, Recep Tayyip Erdogan superó en las elecciones presidenciales de este domingo a Kemal Kiliçdaroglu, que estaba apoyado por una decena de partidos contrarios a la política autoritaria del presidente.

La oposición ha denunciado cientos de irregularidades tanto en el proceso de votación como en la custodia de las urnas y el recuento de los votos, denuncias que no irán a ninguna parte debido al férreo control por parte de las estructuras gubernamentales encargadas de poner en marcha y organizar los distintos mecanismos electorales.

Pese a todo ello, Erdogan no ha logrado que la mayoría del país respalde su permanencia en el poder, por lo que se ve obligado a una nueva confrontación con Kiliçdaroglu en la segunda ronda del 28 de mayo, poniendo así sobre la mesa dos formas totalmente diferentes de entender el sistema político con el que debe funcionar Turquía: por parte de Erdogan, un presidencialismo autoritario tendente a profundizar la islamización de la sociedad, y, por el otro, un retorno al parlamentarismo, los valores democráticos y laicos. Solo un cinco por ciento de los votos, que han ido a otros dos candidatos a las presidenciales, inclinarán dentro de dos semanas la balanza hacia un lado u otro.

Es cierto que los partidos que apoyaban a Erdogan han logrado la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional (Parlamento), pero también que el resultado de las presidenciales indica que muchos sectores de la población, incluso algunos que hasta ahora le daban un respaldo incondicional, lo ven como un peligro para continuar dirigiendo el país.

Pero la figura de Kemal Kiliçdaroglu, la alternativa a Erdogan, tiene una significación política de mayor calado para esta República fundada por Mustafá Kemal Ataturk, “el Padre de los turcos”, precisamente hace un siglo, en 1923, liderando el histórico Partido Republicano del Pueblo (CHP), partido que, desde hace una década, dirige este economista opuesto a Erdogan y a su proyecto de total islamización de Turquía.

Diversidad

Por eso, su candidatura ha terminado por convertirse en la única esperanza real en estos momentos para construir una nueva Turquía, con mayor respeto para la pluralidad religiosa, étnica y social, de lo que en tiempos más gloriosos constituyó ese Imperio Otomano tan añorado por los seguidores del “nuevo Sultán”. El propio Kiliçdaroglu personifica esa diversidad que los erdoganistas y sus aliados de extrema derecha quieren homogeneizar a toda costa. Kiliçdaroglu no es musulmán suní, como la mayoría de los turcos, sino que pertenece a una familia aleví asentada en Dersim –en kurdo “Puerta de Plata”-, la región más occidental del Kurdistán turco, enclavada en el centro de la Anatolia.

Los alevíes, aunque teóricamente son musulmanes, en la práctica no siguen los preceptos del islam tradicional –no rezan cinco veces al día, no guardan ayuno en el Ramadán, beben alcohol, las mujeres no llevan velo…-; ni siquiera tienen mezquitas sino una especie de centros culturales y, por lo general, votan a partidos de izquierda o a las alianzas pro-kurdas.

Por estas razones, son criticados, y así lo ha sufrido el propio Kiliçdaroglu durante la campaña electoral, por los islamistas radicales, que acusan a los alevíes de ser ateos e insultan a sus mujeres considerándolas “putas” por vestir a la europea. Y los alevíes no son una minoría o comunidad insignificante; algunos cálculos consideran que pueden llegar a los diez millones de habitantes, distribuidos principalmente por las provincias centrales de Turquía o en las grandes metrópolis, sobre todo en Estambul, donde ocupan barrios enteros, como el populoso Gazi Osman Pachá. El propio Kiliçdaroglu ha tenido que defenderse al ser acusado de identificarse con los alevíes: “¿Desde cuándo es un delito ser aleví en este país?”, ha contestado a sus detractores.

Nueva primavera

Además, Kiliçdaroglu lleva varios años intentando “revolucionar” internamente el CHP, un partido de orientación laica y socialdemócrata, históricamente, desde los tiempos de Atatürk, con una clara aspiración hegemonista y muy vinculado al “aparato del Estado”, especialmente al Ejército, esforzándose en abrir el partido a alianzas con otros grupos de izquierda, liberales e incluso islamistas moderados. Destacan, en este sentido y de forma muy especial, el Partido Futuro y el Partido Democracia y Progreso, liderados, respectivamente, por Ahmet Davutoglu, ministro de Exteriores y primer ministro con Erdogan, y por Ali Babacan, ministro de Asuntos Externos y de Economía igualmente con el actual presidente. Ambos eran piezas importantes del gubernamental Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que abandonaron al no estar de acuerdo con la deriva autoritaria de su jefe.

De hecho, en este proceso de apertura política, ha pedido perdón a aquellas minorías que se han sentido perseguidas o maltratadas por los distintos gobiernos del CHP en su versión más histórica y tradicional: kurdos, intelectuales liberales, movimientos feministas y homosexuales… Por eso, desde las filas erdoganistas no han dejado de acusarle de querer dividir el país, de poner en peligro a la familia tradicional apoyando el movimiento LGTBI, incluso de “ser aleví” y hasta de contar con el apoyo del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), la guerrilla que lucha desde 1984 por los derechos del pueblo kurdo –unos 20 millones en Turquía- y que, bajo otros gobiernos del CHP, como los de Bulent Ecevit, sufrieron campañas de dura represión policial y militar.

Por todo ello, el proyecto de Kiliçdaroglu, como él mismo dice, va mucho más allá de echar a Erdogan de su Palacio Imperial; se trata de un proyecto tendente a acabar con la extrema polarización a que la tiranía de Erdogan ha llevado al país, de volver por la senda de la convivencia y la reconciliación entre las diversas “Turquías” que coexisten a duras penas, de tratar el problema kurdo desde un punto de vista político, cultural y no solamente represivo, de retornar a la práctica de los valores democráticos, de volver de nuevo la mirada hacia Europa en vez de tender la mano a Irán, Rusia y China, de avanzar en el desarrollo con una economía competitiva y no inflacionista, y de centrar el poder político más en el Parlamento que en el Palacio presidencial.

En definitiva, de que la juventud se sienta esperanzada por vivir en Turquía en vez de soñar con abandonarlo a la primera de cambio, y de que, como decía uno de sus principales lemas durante la campaña, este país, que cumple este año un siglo de existencia, vuelva a vivir una nueva primavera.

FUENTE: Manuel Martorell / Público