Erdoğan y el movimiento kurdo: negociaciones bajo fuego

A pesar de la iniciativa de Öcalan y su llamamiento al PKK para que celebre su congreso y anuncie el fin de la lucha armada, el gobierno turco no ha abandonado su dependencia del conflicto armado y la resolución militar.

LLAMADO A LA PAZ

En la noche del domingo 16 de marzo de 2025, fuerzas del ejército turco perpetraron una masacre en la aldea de Barukh Butan, en la región de Kobane, al bombardear la casa de una familia kurda. El bombardeo causó la muerte de nueve miembros de la familia, la mayoría de ellos niños.

Esta atrocidad se enmarca en una política aparentemente consistente de lanzar ataques y operaciones militares tanto dentro como fuera de Turquía, a pesar del compromiso declarado del gobierno turco de dialogar con el PKK (Partido de los Trabajadores de Kurdistán) para resolver la cuestión kurda. Este diálogo surge tras el histórico llamamiento del líder kurdo Abdullah Öcalan, el 27 de febrero de 2025, a favor de la “Paz y una Sociedad Democrática”, que propone abandonar la lucha armada a cambio de consolidar una sociedad democrática en Turquía y abordar la cuestión kurda. Además, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) han firmado un acuerdo con la autoridad interina de Damasco para resolver todos los asuntos pendientes entre ambas partes antes de que finalice este año.

El Estado turco mantiene su compromiso con la opción militar, considerándola parte integral del proceso de negociación con la parte kurda. Sostiene que todos los frentes están interconectados y busca ejercer influencia sobre ellos, creyendo que esto debilitará a la parte kurda y la obligará a hacer más concesiones en la mesa de negociaciones o a aceptar los términos dictados por Ankara para un acuerdo de paz que pondría fin a la lucha armada de los kurdos en Turquía. En consecuencia, el Estado turco libra una guerra contra el movimiento kurdo en todos los frentes, creyendo que cualquier daño infligido a los kurdos debilitará a su contraparte negociadora, el PKK. Además, Turquía considera a las milicias que emplea contra los kurdos como herramientas de la guerra turca, destinadas a atacar las estructuras, manifestaciones y ambiciones kurdas en todas partes. Esto incluye a los grupos cuyo armamento y financiación supervisa el ejército turco, tanto dentro de Turquía como en la región del Kurdistán iraquí (Bashur). Esto también se aplica a las facciones del Ejército Nacional SIrio (ENS) que luchan contra las FDS en las proximidades de la presa de Tishrin y el puente de Qaraqozak.

La “respuesta militar” turca a los kurdos y sus estructuras organizativas se caracteriza por una violencia excesiva, que se enmarca en el terrorismo de Estado y los crímenes de guerra organizados. Constituye un castigo colectivo contra un grupo específico de la población y actos de venganza que afectan tanto a la población civil como a los grupos armados. Durante los últimos años de su guerra contra los kurdos y su movimiento, Turquía ha dejado un considerable legado de crueldad y opresión. Ha desarrollado mecanismos militares, de seguridad e inteligencia para atacar a toda entidad o movimiento kurdo que considere un desafío a su arraigada política de negación y asimilación nacional.

Ankara también ha ideado maneras de evadir la responsabilidad directa por los crímenes cometidos contra los kurdos, que el derecho internacional clasifica como “crímenes de guerra contra la humanidad”. Ha empleado milicias, facciones yihadistas y mercenarios a sueldo en la lucha contra los kurdos, tanto dentro como fuera de Turquía. El ejército turco ha cometido directamente claros crímenes de guerra contra los kurdos, incluyendo en la Guerra de las Trincheras (2015-2016) y a través de sus facciones aliadas (conocidas como el ENS) durante la ocupación de Afrin en 2018 y Ras al Ayn y Tal Abyad en 2019. Previamente, organizaciones yihadistas, la mayoría de cuyos combatientes entraron en Siria e Irak a través de aeropuertos y puertos turcos, participaron en el ataque de ISIS al distrito de Shengal (Sinjar) en Irak en 2014, que resultó en masacres de kurdos yazidíes, seguido del asalto masivo de ISIS a la ciudad de Kobane en 2014-2015.

Tras los recientes acontecimientos en Medio Oriente, incluido el ataque del movimiento palestino Hamás que causó la muerte de 1200 civiles y soldados israelíes, el gobierno israelí respondió atacando a los líderes del movimiento y lanzando una operación militar en la Franja de Gaza que se cobró miles de vidas civiles. Esto se intensificó con ataques contra el Líbano y Hezbolá, y el asesinato de sus líderes, así como con bombardeos en Irán y contra los hutíes en Yemen, ataques contra el régimen sirio y conversaciones en Tel Aviv sobre el inicio de una nueva fase que utilice la fuerza para “cambiar mapas” y “trazar fronteras”.

En este contexto, el Estado turco reconoció la necesidad de negociar con el movimiento kurdo y su líder, Abdullah Öcalan, para encontrar una solución política que ponga fin a la lucha armada y a los enfrentamientos entre el Estado y los kurdos. A pesar de la iniciativa de Öcalan y su llamamiento al PKK para que celebre su congreso y anuncie el fin de la lucha armada, pasando a una fase de construcción democrática y una auténtica colaboración con el Estado turco —oferta aceptada por el PKK—, el gobierno turco no ha abandonado su dependencia del conflicto armado y la resolución militar.

En cambio, ha respondido a la apertura kurda intensificando las operaciones militares y empleando la máxima fuerza bruta. Los ataques diarios contra los bastiones del PKK en las montañas de Qandil (en Bashur), las bases del PKK en Turquía y las FDS por parte de facciones sirias pro-Ankara, ilustran el persistente compromiso del gobierno turco con su política de guerra y resolución militar, así como su determinación de debilitar al movimiento kurdo y socavar su capacidad militar para imponer su visión de una “solución política”. El Estado turco no ha abandonado su dependencia de las armas y su decisión militar.

Líderes del PKK y funcionarios del Partido para la Igualdad y la Democracia de los Pueblos (DEM) han destacado los ataques concentrados del ejército turco contra el lado kurdo, tanto dentro como fuera de Turquía, señalando que obstaculizan el proceso de negociación en curso. Enfatizaron que, para demostrar la buena voluntad y la seriedad del Estado con respecto a una solución política, es esencial poner fin a las operaciones militares. Advirtieron contra explotar la situación declarando un alto el fuego del PKK, que solo serviría para mejorar la posición del ejército turco y sus facciones aliadas, lo que permitiría nuevos ataques militares destinados a eliminar y debilitar la capacidad militar del lado kurdo.

Recientemente, los ataques del ejército turco —tras el asesinato de una familia entera en Kobane y los continuos bombardeos aéreos previos al 21 de marzo, fecha de la celebración nacional kurda, el Newroz— han afectado negativamente al proceso de paz. Los líderes del PKK han declarado que los continuos ataques militares, bombardeos de artillería y aéreos del ejército turco serán respondidos, amparándose en el derecho a la legítima defensa. Murat Karayilan, miembro del comité ejecutivo del PKK, comentó en una entrevista con el Canal 8 que el ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, y el ministro de Defensa, Yashar Güler, están desempeñando un papel muy negativo al insistir en la opción militar y difundir información falsa, afirmando que el PKK está débil y dividido. Karayilan enfatizó que es evidente que Fidan y Güler pretenden socavar la fase actual del diálogo y volver a maximizar la guerra y las operaciones militares, arrastrando así a Turquía a un nuevo ciclo de confrontación.

El Estado turco busca implementar una diplomacia de “negociaciones bajo fuego” similar a la que Washington practicó en Vietnam. Este enfoque implica utilizar la mayor potencia de fuego posible, aplicar una política de tierra arrasada y cometer masacres atroces contra civiles de forma deliberada e indiferente. Para obtener concesiones de la resistencia vietnamita durante las negociaciones celebradas en París, a finales de 1972, el liderazgo estadounidense, siguiendo el consejo del secretario de Estado Henry Kissinger, consideró necesario emplear una fuerza abrumadora en el frente. Esta táctica pretendía ejercer presión psicológica y política sobre el equipo negociador vietnamita, mermando su moral y obligándolo a traducir las cuantiosas pérdidas sufridas sobre el terreno en concesiones políticas ante el negociador estadounidense.

En consecuencia, Washington desplegó 200 bombarderos estratégicos B-52 para ejecutar un total de 730 misiones durante 12 días, lanzando más de 20.000 toneladas de bombas sobre Hanói. Kissinger pretendía con este abrumador ataque estadounidense infundir una sensación de derrota psicológica en el negociador vietnamita o, como él mismo lo expresó, “sacudir a los vietnamitas hasta la médula”. Sin embargo, el resultado fue todo lo contrario: los cazas vietnamitas demostraron una notable resiliencia, logrando derribar 15 aviones estadounidenses de la flota atacante y matando a 33 pilotos. Transformaron lo que se pretendía como una derrota psicológica en una victoria marcada por la determinación y la confianza en sí mismos. La euforia norteamericana se convirtió así en un revés psicológico que no se podía ocultar, sobre todo teniendo en cuenta que el derribo de un símbolo de la capacidad militar norteamericana tuvo un profundo efecto adverso en el liderazgo político y militar de Washington, así como en los soldados norteamericanos atrincherados en el atolladero vietnamita, que esperaban los resultados de las negociaciones, anhelando el momento en que la guerra terminara oficialmente para poder escapar del infierno del campo de batalla y regresar a casa con vida.

El movimiento kurdo comprende el significado y los objetivos de la escalada militar turca y reconoce que lograr la paz con un Estado como Turquía requiere una preparación exhaustiva para la confrontación, abordando todas las deficiencias y carencias existentes, y mejorando los mecanismos de intervención y la capacidad de disuasión. En enero de 2025, las Fuerzas de Defensa del Pueblo (HPG, el brazo militar del PKK) celebraron una conferencia con la participación de comandantes de primera línea, tanto dentro como fuera de Turquía, donde desarrollaron un programa de trabajo integral centrado en mejorar las técnicas de guerra y adaptarse a las modernizaciones que Turquía ha implementado en sus operaciones militares contra el movimiento kurdo.

Karayilan señaló que han desarrollado con éxito su propia tecnología, que ha neutralizado el armamento de los drones turcos y ha resultado en el derribo de un total de 24 drones en menos de un año. Explicó que la reciente iniciativa del líder kurdo Abdullah Öcalan surgió tras la adopción de una nueva doctrina de confrontación desarrollada por sus fuerzas contra las bases militares y tropas turcas. A pesar de su compromiso con la iniciativa de Öcalan, pretenden implementar el “programa de respuesta militar” si el Estado turco continúa atacando sus posiciones y no responde positivamente a la iniciativa propuesta por su líder.

Öcalan y los representantes del movimiento kurdo esperan medidas prácticas y tangibles del gobierno turco para hacer realidad la iniciativa de “solución pacífica y democrática”. Consideran que la resolución de la cuestión kurda es la puerta de entrada para que Turquía se convierta en un Estado con instituciones democráticas. Sin esta resolución, Turquía corre el riesgo de sumirse en graves crisis, perpetuando el despilfarro de recursos en su guerra contra el pueblo kurdo, demonizando a quienes buscan acabar con el legado de opresión y guerra, y suspendiendo el Estado de derecho para perseguir a la oposición. Esto reforzaría el control del poder sobre las personas y el partido gobernante, lo que provocaría agitación, caos y el despilfarro de recursos en conflictos internos y externos inútiles.

FUENTE: The Kurdish Center for Studies / Traducción y edición: Kurdistán América Latina